Litoral, 275: Colores

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El color es el lugar donde nuestro cerebro y el universo se encuentran. Tal vez no exista una definición más acertada y poética para el color que esta de Paul Cézanne, considerado por muchos como el padre de la pintura moderna.
El color más que una percepción, una impresión visual o una sensación producida por la luz es un lugar de encuentro con la naturaleza, pero esencialmente con nosotros mismos.
Joan Miró al decirnos que aplicaba los colores como palabras que forman poemas abrió un camino que nos lleva a interpretar y a entender esta aparición de la luz en la palabra y darle sentido a este colorido viaje que ahora emprendemos. También Sonia Delaunay se aproximó a estos términos al declarar que las infinitas combinaciones de colores que existen son un lenguaje poético con vida propia.
Se han contabilizado cerca de diecisiete millones de colores. Si uno pronuncia un color y hay cien personas escuchando, se puede esperar que haya cien versiones de ese color en sus mentes, y podemos estar seguros que todos serán muy diferentes. Lo mismo sucede con las palabras o con esos secretos que nunca nos han contado y que la poesía siempre ha tratado de encontrar para descifrarlos.
No hay nada peor que decirle a un artista que domina el color. Al color no hay que dominarlo, tenemos que dejarlo que nos manche los ojos y las manos, tenemos que dejarnos dominar por sus arrebatos, por sus sombras y su misterio.
Los colores son señales nerviosas y como tales se transmiten por procedimientos químicos. Decía Emil Cioran que la vida es una mezcla de química y estupor y en esa contracorriente y en ese estupor están los colores que vemos en los
sueños y al despertar.
El color es un medio para influir directamente en el alma, escribió Kandinski, y si el alma es esa parte espiritual e inmortal que nos define como seres humanos estamos en el buen camino para dar color a estas páginas y también a nuestro destino.